miércoles, 7 de abril de 2010

El papel de las universidades hoy



Catedratico de Ciencias Politicas
Analista argentino argentino
La gran mayoría, por no decir la totalidad de quienes lean este artículo –en general jóvenes de clase media, varones y mujeres, muchos: también trabajadores, pero muchos sólo estudiantes–, algunos de origen maya aunque en su gran mayoría ladinos– son unos privilegiados. ¿Por qué? Porque conforman el escaso porcentaje de población que tiene la dicha de cursar estudios universitarios: un 1.5% del total nacional.

Definitivamente eso es una suerte. En un país donde el nivel de analfabetismo abierto llega casi al 25% del total de la población, tener la posibilidad de llegar a un aula universitaria es todo un don, un verdadero motivo de orgullo.

Estudiar una carrera universitaria ha sido, sigue siendo y todo indica que, al menos en el corto plazo, seguirá siendo un privilegio reservado a pocos. Por tanto, quienes acceden al mismo tienen asegurado, de terminar exitosamente sus estudios, un mejor pasar económico que quien no fue beneficiado por esa situación.

Un mundo basado en la exclusiva idea de lucro económico ve en la obtención de esos recursos (¡dinero!) una meta en sí misma. Dentro de esa lógica tener un título universitario es un seguro pasaporte al bienestar. Un universitario –verdad inobjetable– gana más que alguien sin título. De ahí lo de “privilegiado”.

Ahora bien: ¿qué decir del papel de la universidad en nuestra sociedad?
La respuesta inmediata es: está para brindar la formación de profesionales, la promoción de mano de obra calificada. Paralela a esa formación técnica para el trabajo viene la otra, la que no se ve en lo inmediato: la formación ideológica, la transmisión de valores, de esquemas de pensamiento. Y es preciso decir que, hoy por hoy, la universidad –al menos en términos generales– prepara a sus graduados para ser un profesional autónomo, sabedor de esos privilegios (de esa minoría que se encuentra en el 1.5%).

Pero la universidad puede –o debe– ser otra cosa. Según lo indicado por la constitución nacional vigente: “cooperará al estudio y solución de los problemas nacionales” [elevando] “el nivel espiritual de los habitantes de la República, promoviendo, conservando, difundiendo y transmitiendo la cultura”. Es decir: no sólo es la instancia educativa encargada de graduar a los profesionales; tiene en sus manos otro cometido: ayudar a resolver los problemas nacionales.
Si vemos nuestra realidad, no pareciera que ese sea hoy día el papel dominante de las casas de altos estudios.

En Latinoamérica las universidades tienen una larga historia. La primera nace en 1538, en Santo Domingo. Todas las que se van fundando reflejan el modelo medieval traído de Europa, asociado con los poderes de la realeza y la iglesia católica.

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